Enero17

domingo, 7 de julio de 2013

A los protestantes. Escrito de Amalia Domingo Soler.


Habiendo leído un folleto que ha publicado en Madrid la iglesia Anglicana titulado "El Espiritismo o la luz del Evangelio", creemos muy justo dedicar a los adeptos de Lutero unas cuantas líneas, diciéndoles que nosotros miramos al Espiritismo a la clara luz de la razón, siendo la razón del hombre el primer evangelio del mundo. Aunque aparece anónimo el folleto, puesto que no tiene el nombre del autor, sabemos o creemos saber quien lo ha escrito, que por cierto es un hombre de mucho talento, lumbrera hoy día de la escuela luterana, y ayer astro brillante de la iglesia romana; pero que dentro del estrecho circulo en que giran las religiones, los sabios más sabios, tienen que acortar su vuelo, y tienen que apelar para darle fuerza a sus argumentos no a la ciencia, no a la razón, sino al dogma y a la fe ciega.


El incógnito escritor hace constar repetidas veces que, "No escribe para los espiritistas, pues con ellos seguiría otro camino muy diferente"; que escribe, "Para los que se llaman cristianos evangélicos, y que están algún tanto influenciados en su fe, por lo que han visto y oído del Espiritismo". Cuando se refiere a la pluralidad de mundos habitados, dice así: "Y al seguirnos el lector en este camino, no olvide que estudiamos el Espiritismo solamente a la luz del Evangelio, es decir, que hablamos a los que creen en el Evangelio como verdad revelada por Dios. Descartamos por consiguiente de nuestro escrito las cuestiones científicas, físicas o astronómicas que tengan relación con este asunto". Hace muy bien nuestro impugnador en no dirigirse más que a los que creen que la Biblia es un libro inspirado por el mismo Dios, pues sólo los dogmáticos estarán conformes con sus apreciaciones; pero nunca los hombres científicos podrán creer que la Biblia es un compendio de sabiduría, cuando los descubrimientos de la ciencia y los estudios geológicos y astronómicos han hecho desaparecer el infierno y la gloria, base principal de todas las religiones.
No seguiremos al pastor protestante en sus citas bíblicas, porque está ya tan manoseado el Evangelio, y se ha abusado tanto de las epístolas de los apóstoles, que no queremos aumentar el número de los rebuscadores de versículos bíblicos porque perderíamos un tiempo precioso, puesto que cada cual lo traduce a su manera, y en algunos pasajes es tan enigmático su sentido, es tan parabólico su lenguaje; y nosotros somos tan amantes de la claridad, tenernos tanto afán por ver la luz de la verdad, y encontramos en la Biblia tantas sombras, que consideramos ese libro como un monumento de la antigüedad, como un poema sagrado que fue útil para las generaciones pasadas, pero que no puede satisfacer las aspiraciones de los hombres pensadores de nuestra época, que quieren saber de dónde vienen y donde irán.
Puesto que el autor del folleto no se dirige a los espiritistas, no haremos mención de sus juicios sobre el Espiritismo, el cual le parece, "Uno de esos fantasmas de teatro que salen por una puerta, asustan por el momento a las gentes impresionables, pero luego se van por otra y no vuelven más".

Esto con el Espiritismo no puede suceder, por la sencillísima razón que según vaya progresando la humanidad, mejor comprenderá la vida de ultratumba. Así es que el Espiritismo, no es fantasma que se desvanece, es un hecho demostrable, son innumerables hechos; y desde sus más encarnizados enemigos, hasta sus más prudentes detractores, todos confiesan que la comunicación de los espíritus es una verdad, si bien los ministros de todas las religiones dicen y aseguran que el diablo es el que se comunica con los médiums. Esto como se comprende es una paradoja que hace reír a los hombres pensadores; y es lástima que la iglesia anglicana eche mano del demonio para desvirtuar las comunicaciones de ultratumba; y decimos que es lástima, porque al fin es una escuela con menos idolatría que la ultramontana, avanza un paso por la senda religiosa; pero está visto que las religiones son los infusorios del progreso, y sus trabajos son verdaderamente microscópicos. Esto mismo me decía Manterola, y esto dicen todos los ministros de las religiones. El escritor protestante afirma muy seriamente que: "El infierno o la eternidad de las penas es un dogma cristiano, evangélico, y tal, que sin él, no hay Cristianismo posible, no hay Evangelio" "No será nuestra pluma la que repita las descripciones insensatas, materiales, que del infierno ha hecho el autor de la llave de oro o el de la diferencia entre lo temporal y lo eterno, de calderas de pez hirviendo, de demonios con rabos y cuernos, de parrillas, etc.
Eso no haría más que exponer al ridículo un dogma que no tiene nada de ridículo; pero sí decimos, y quisiéramos que llegase nuestra voz más que a los oídos al corazón de nuestros lectores, que el infierno existe, que el infierno es un dogma cristiano, bíblico; y por consiguiente, negándolo como lo niega entre risas y chacotas el Espiritismo, ni el cristiano puede ser espiritista, ni el espiritista es cristiano". Negamos por completo esta consecuencia.
Todos los que practican la moral de Cristo, todos aquellos que reconocen su santa ley son cristianos, porque el cristianismo no consiste en creer que hay un infierno y un paraíso, sino en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. Sobre todos los dogmas está la razón del hombre, superior en absoluto a todas las religiones, y hablamos por experiencia propia. Nosotros no creíamos en nada, y vivíamos en el mundo como las hojassecas; entrábamos en los templos romanos y sentíamos frío, escuchábamos a los oradores sagrados y refutábamos en silencio todas sus afirmaciones, y como nunca nos ha gustado perder el tiempo, dejamos de ir a escuchar las pláticas religiosas; pero como el hombre necesita un ideal, y el que calma su sed con sus lágrimas mucho más; así es que nos hablaron del Protestantismo y acudimos un Jueves Santo a una de sus capillas, donde encontramos entonces el dulce calor de la vida, y durante algún tiempo nuestro Espíritu reposó tranquilo dentro de la iglesia luterana. Colaboramos en uno de sus periódicos, pero conforme nos íbamos convenciendo de la existencia y grandeza de Dios, nuestro pensamiento comenzó de nuevo su muda tarea de refutación, Escuchábamos al pastor y nuestro Espíritu rebatía susargumentos; y cuando el discípulo avanza más que su maestro, la religión del preceptor no sirve de consuelo y de esperanza al alumno, y esto nos sucedió a nosotros.
Adquirimos en la grey protestante verdaderos afectos, que aún prestan calor a nuestra alma, queríamos al pastor que nos hizo conocer la Omnipotencia de Dios, como si hubiera sido nuestro padre, y su recuerdo vivirá siempre en nuestra memoria porque era un hombre verdaderamente virtuoso, y muchos desgraciados le han debido la luz en la Tierra; pero nuestro ideal religioso necesitaba más ancho campo que la Biblia. A Dios le concebíamos grande, muy grande, inmutable en su justicia, y las leyendas religiosas con el pecado original y la gracia y la redención, nos parecía lo que son, historias humanas utilísimas para otras generaciones pero no para la época actual. El Espiritismo nos presentó horizontes más dilatados y pruebas innegables de la redención individual por medio de nuestro trabajo, yentonces exclamamos: ¡Esto sí que es justo! ¡Esto sí que es grande! ¡El progreso indefinido del Espíritu en interminables existencias! Lo que nos llama verdaderamente la atención, es que dentro de las religiones los hombres más eminentes por su sabiduría, tengan que hacer uso de tan débiles y fútiles argumentos para defender su ideal. Hablando de las reencarnaciones del Espíritu dice el escritor anglicano: "Mas ocúrresenos una duda: si el Espíritu es el mismo, como lo indica la palabra volver, pues el que vuelve ha de ser, el mismo que ha ido y no otro,
¿Cómo es que ningún Espíritu se acuerda, ni lo más remotamente, de lo que ha sido antes? No puede sostenerse en serio que es el mismo el que ha vuelto, pues uno que ni se acuerda del mal para escarmiento, ni del bien para emulación, no puede ser el mismo. Y hay aún más: las ciencias las aprende el Espíritu, no el cuerpo: y según este sistema de reencarnación, si Newton reencarnara, su inteligencia tendría que empezar a aprender que dos y dos son cuatro, como un niño; si reencarnara Cicerón tendría que volver a aprender las declinaciones y conjugaciones de aquella lengua, en cuyo dominio y elegancia no ha tenido rival en el mundo.
Que al cuerpo que volvieran a tomar, tuviese que irse desarrollando, se comprende, porque sería nuevo; pero que tuviese que empezar de nuevo el desarrollo de las facultades de su Espíritu, no se puede concebir a menos que el Dios infinitamente sabio, santo y bueno no hubiese condenado al hombre como a la famosa Penélope de la fábula, a ocuparse siempre en tejer y destejer". El hombre no está condenado como la mujer de la fábula aun trabajoimproductivo.
Si el Espíritu trabaja en su progreso siempre avanza, sirviéndole los conocimientos que ha adquirido para facilitarle y allanarle todos los senderos que quiera correr. ¿Qué son esos niños de maravillosa inteligencia, que desde su más tierna edad son la admiración de cuantos les rodean?. ¿Qué son esos genios que desde sus primeros años ya demuestran gran facilidad para aprenderlo todo, y no encuentran obstáculos que les arredren sirviendo de mentores a sus padres?. ¿Qué son esos matemáticos en miniatura, como el niño que hace algún tiempo estuvo en París, y todos los periódicos de Francia y de España hablaron de él, refiriendo a la facilidad asombrosa con que resolvía los problemas más difíciles y más complicados?. ¿Qué son esos jóvenes políglotas que aprenden varios idiomas en menos tiempo que emplean la generalidad de los hombres para medio conocer su lengua nativa?.
¿Qué son? Son espíritus adelantados que hacen uso de su sabiduría, adquirida en sucesivas existencias por medio de su trabajo, y hoy recogen el fruto sazonado de la semilla que sembraron ayer. Nada más justo que la reencarnación, ella patentiza la sabiduría sin límites de Dios. ¿Qué hace el hombre en una sola existencia? De niño jugar, de joven divertirse, en la edad madura es cuando comienza a pensar en algo de provecho, y cuando da principio a un trabajo útil viene la vejez con sus achaques, con sus enfermedades, con su ineptitud, y ya tenemos al hombre convertido en niño, o hastiado de todo, maniático, viviendo para sí más que para los demás, y en este estado le sorprende la muerte, y la luz de aquella inteligencia queda eclipsada, estacionada en la gloria o en el infierno. Absurdo es éste que jamás hemos podidoadmitir. ¡En el hombre hay más vida! ¡Hay más adelanto! ¡Hay más progreso! Por eso el Espiritismo, no es fantasma que huye, no es sombra que se evapora, es por el contrario una consecuencia lógica, es una demostración matemática de que una vez creada el alma, no es fuego fatuo que se apaga instantáneamente; es llama eterna que ilumina los espacios infinitos sin convertirse jamás en ceniza.
Al final del folleto hemos leído unas cuantas líneas que nos han convencido de que el pastor anglicano habla del Espiritismo sin comprenderle, puesto que dice: "Si al sentimentalismo hubiésemos de apelar, haríamos, para concluir, un recuerdo al espiritista y sería este: ¿Cuándo tu corazón tenía más paz; cuando adorabas al Cristo y le llamabas tu Salvador, o ahora que tienes tantos salvadores como espíritus evocas? ¿Entre el Espíritu de Cristo y los espíritus que ni aún sabes de quién han sido o de quién serán, cuál debes preferir? ¿Cuál te dice el corazón y la cabeza que prefieras?" ¿Y acaso los espiritistas creemos que los espíritus serán nuestros salvadores? Si no admitimos a Cristo como Salvador, menos admitiríamos a los demás espíritus en los cuales vemos, en unos, fieles amigos; en otros seres mal intencionadosde los que debemos huir y rehusar su comunicación. Los primeros nos sirven para darnos un buen consejo, para alentarnos y fortalecernos en nuestras horas de tribulación, para impulsarnos al estudio, pero nunca para quitarnos nuestro libre albedrío ni coartar en lo más leve nuestra voluntad. El hombre debe su existencia a Dios, y su progreso a sí mismo, por medio de su trabajo y de sus buenas obras.
El hombre no tiene paz porque adore a Cristo o a otro ídolo cualquiera, tendrá paz si su conciencia no le acusa de haber causado la desgracia de nadie. Por nuestra parte como espiritista, debemos contestar a la pregunta del pastor luterano diciéndole que ahora, creyendo firmemente en la existencia de Dios, adorándole en la Naturaleza, separados por completo de todo culto religioso, respetando las religiones, creyéndoles necesarias y hasta indispensables para los espíritus niños (que necesitan andadores), consagrados aun trabajo continuo, no pensando más que en el progreso eterno del Espíritu, ahora es cuando en nuestro corazón reina la paz, paz que nunca habíamos disfrutado porque nunca habíamos trabajado con tanto ahínco en el bien de la humanidad como lo hacemos ahora. No son los espíritus los que dan reposo a nuestra alma, es nuestro decidido empeño en progresar, lo que nos hace vivir si no felices, al menos resignados y tranquilos, que es cuanto se puede desear en la Tierra. No hay religión en el mundo que impulse tanto al trabajo como el Espiritismo; por eso es una escuela puramente moralizadora. Muchos espiritistas han salido de las filas protestantes porque es una iglesia que prepara al Espíritu para el adelanto, porque tiene mucho menosformalismo que la iglesia romana; y nosotros la conceptuamos como una escuela preparatoria para las almas pensadoras. En ella encontramos una predicación agradable, sus ceremonias revisten una digna gravedad, y si nuestro Espíritu necesita el culto de una religión acudiríamos a la iglesia Anglicana, porque es donde hemos encontrado menos formalismo y más lógica.
No creamos como el autor del folleto, que entre los protestantes y los espiritistas existe esa gran divergencia de ideas; en la escala del progreso están los unos y los otros, los anglicanos están en le primer peldaño, los espiritistas en el segundo y las escuelas filosóficas que vayan naciendo en el transcurso de los siglos irán ocupando los demás escalones, sin que ninguna pueda vanagloriarse de haber dicho la última palabra, ni en ciencia, ni en religión.
Amalia Domingo Soler
Extraído del libro "La luz que nos guía"